Pánico

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Soy un hueso duro de roer. He vivido muchas situaciones que han ido curtiendo y reforzando mi resistencia física y emocional. Ha tenido que ser una lavadora, escaleras abajo con ella, la que zarandee mi fortaleza. 

Escribo esto porque estoy de postoperatorio. Porque necesito contarlo pero sólo a quien quiera escucharlo, así que de esta manera lo leerá únicamente quien sienta interés. La necesidad de desahogarme me hace teclear. Mido mis palabras porque no quiero sonar drástica, ni quejica,... pero a su vez pienso que hay cosas que se deben manifestar, para que la experiencia del quirófano no sea un grito ahogado por la anestesia. 

Llevo desde el 30 de Junio (2019) capada. De un "sólo es una contusión, puedes andar cuando remita el dolor" y una venda elástica pasó, a lo largo del verano, a una minifractura en la tibia con semiescayola y evolucionó en una doble fractura "maleolo tibial y del maleolo posterior". Dicen que había una primera fractura que ya estaba formando callo y otra más reciente. Para colocar las cosas en su sitio había que operar. De dos tornillos pasó a tres asnis y una arandela. Conclusión: de 15 días de reposo se subió a mínimo 6 semanas. 

Pero el miedo no remite aunque el dolor esté más apaciguado. Ya llevo a mis espaldas (nunca mejor dicho) dos operaciones. Ambas con la epidural. La primera noté todo -sin dolor- bajo los efectos de un calmante y fue más llevadero, en la segunda, pese a hacer hincapié en que el efecto de la pastilla que me habían dado se me había pasado (pasaron más de tres horas) y recalcarlo una de las enfermeras, me pusieron la anestesia sin relajarme previamente. Agarrándome entre dos para que no me moviese, entre comentarios de "no te pongas tensa que es peor", "está muy inclinada la aguja", "está muy profunda la aguja"... y después sí me dan algo para adormecerme. La lógica se evapora en estas situaciones. 

Y el miedo sigue ahí porque es probable que, dentro de un tiempo, tenga que pasar por quirófano para que me saquen los asnis (cosa que me entero por amigos, no por los médicos). Y porque ir al cuarto de baño es que mi pie izquierdo se convierta en un reloj de arena. He de apresurarme para que no torne su color a morado. 

No voy a hablar de las largas esperas. Tampoco de que pese a necesitar curas cada 48h-72h la primera fue a las 92h y la siguiente será dentro de una semana*. Ni de la fatiga de la morfina. Tan sólo que el miedo sigue ahí, anclado a mis huesos. Es como una película de terror constante. Miedo a caerme y a lo que está por venir. 

Intento tomármelo con filosofía. A veces lo consigo, otras soy un pozo que se vacía. Menos mal que entre ronroneos, libros, la caja tonta y A. Moreno todo es más llevadero. Sí, incluso el pánico.

Y, cuando proceda, la banda sonora llevará este I'm learning to walk again.
*Actualizaciones:
-Viernes 6/9/2019 vinieron a hacerme una 2ª cura.
-Martes 10/9/2019 no vinieron. Autocura.
-Martes 17/9/2019 Radiografía, consulta y adiós a los puntos.  

Todo sigue bien. Revisión en 3 semanas. 

Nostalgia

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[Voy a dar el coñazo momento sentimental gatuno, puedes saltártelo jaja]

Cuando perdí a Gira me cerré. Dicen muchas cosas de los gatos, y hay de todo, pero ella fue de mi primer gato-perro. Es cierto que cuando no quería arrumacos se daba el piro, más también me buscaba sin tener hambre o alguna necesidad. Siempre dormía conmigo y si estaba mal, me cabeceaba y lamía mis lágrimas complicándome la tarea de llorar con tanta monería delante.

Me esperaba al llegar de clase, no me arañaba cuando tocaba bañarla (esto no lo pueden decir los otros humanos que lo habían intentado, pero claro... con agua fría... ¬¬) y venía al chasquido de mis dedos (aunque más efectivo era el sonido de la tijera, que implicaba algo de pescado :P). Incluso en sus partos tenía que estar con ella (y se subía a la cama de arriba de la litera, que era mi cama, si les bajaban a los cachorros los volvía a subir). Digamos que yo era su refugio y ella el mío.

La encontré con meses y la perdí a sus 10 años. Se fue en mis brazos, llevándola a un veterinario de urgencia. Es la pérdida que más me ha dolido (suene esto como suene). Porque además de una gata era como una amiga, una madre y una hermana. Y no quise volver a querer.

Después de ella vinieron muchas mascotas que cuidé pero desvinculándome, hasta que llegó Yuki a mi vida. A los dos días ya estaba durmiendo en mi cama y ahora forma parte del pack indivisible Saray-Gato. Si hay mudanza: allá vamos juntas. Su personalidad es diferente, pero es más buena que el pan. Tras su turbia historia callejera era reacia a todo el mundo, sólo había que tener paciencia (y para los gatos y el arte me sobra jaja). Llevamos 7 años juntas.


Como tiene 10 años hay veces que no puedo evitar pensar en cuando se vaya. Bromeo diciendo que tendrán que llevarme a TiendAnimal, meterme en la habitación de los gatetes y que llore mientras abrazo gatos xD (porque Miga, que la rescaté de debajo de un coche, es más descastada que qué). Aunque es probable que se dispare mi alergia (sí, mi colmo es que les tengo alergia a estos bichines que me encantan).

Y puede que me cierre otra vez. Porque duelen estas cosas, pero mi conclusión es que es mejor disfrutar del tiempo que tenemos. Y que merece la pena implicarte: aportan más de lo que nos imaginamos en un principio.


PD: Gira se escribe con g pero siempre lo he pronunciado como si tuviese una Y.

PD2: A Yuki cuesta fotografiarla si no está sobre un tono claro o vibrante. Se camufla cual cojín. Elegí su nombre para crear una paradoja, porque significa Nieve (o Felicidad). 

Estupor y temblores

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Hay algo en la escritura de Amélie Nothomb que me engancha en límites insospechados. Ya podría estar describiendo los ingredientes de una hamburguesa o el proceso de conseguir ese plato perfecto que me lo leería hasta el final. Una parte de mi, con las historias que no me apasionan del todo, se cansa y ladea la cabeza como si ya tuviese suficiente de esa novela; sin embargo la otra parte es más poderosa y me obliga a continuar susurrándome "quieres saber más", "adéntrate por los entresijos, lee entre líneas, saborea".

Y eso hago. Agacho la cabeza y sigo leyendo Estupor y temblores. Me sumerjo en la jerarquía de una empresa. Comprendo a la protagonista y, a su vez, me gustaría poder decirle que hay que aprender a morderse la lengua. Me entusiasmo con ella y también comparto su hastío. 

En esta obra hace guiños constantes a Metafísica de los tubos. Y en los últimos capítulos me viene una reflexión que hice en Dile Emma (Cap. 9: El minimalismo es verde) pero que eliminé en la versión definitiva. Sus idas de historia me evocan las mías para intentar rellenar 100 páginas por imposición (que luego se redujeron a 63 con ilustraciones). Hay subidas y bajadas de tensión (como comentaba al principo) pero tras cerrar la contraportada en mi mente se dibuja un "merece la pena".